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DEPRESIÓN POSTPARTO

 La depresión postparto es una depresión sufrida poco después de haber tenido un hijo, normalmente durante el primer mes posterior, a pesar de que se considera depresión postparto hasta los 3 meses después de haber parido. Se trata de un tipo de depresión frecuente que la padece una de cada diez madres.

Aunque las causas concretas no acaban de quedar claras parece que, probablemente, los cambios hormonales que tienen lugar en el embarazo y el postparto añadido a situaciones del entorno de la madre (poco apoyo de la pareja, poco apoyo de la familia , bebé prematuro) y de ella misma (tipo de lactancia no decidida por ella, mala experiencia del parto) pueden iniciar o exacerbar la sintomatología depresiva.

Se sabe también que el cúmulo de circunstancias fisiológicas después del parto, como son la falta de sueño y el agotamiento, alteraciones tiroideas y anemia pueden repercutir en el estado de ánimo de la madre.

Por otra parte, desde un punto de vista sociológico, la idea preestablecida de una maternidad idealizada y la presión social actual en el mundo occidental hace que las mujeres se puedan sentir estigmatizadas y no sean capaces de afrontar lo que sienten o piensan y pedir ayuda.

Los síntomas son los comunes de una depresión, ánimo triste, fatiga, falta de interés y dificultades para disfrutar de las cosas, pensamientos negativos y en los casos más graves pensamientos sobre la muerte. Como síntoma específico hay que saber que hay madres que debido a la tristeza que presentan y los sentimientos negativos y pesimistas pueden presentar sentimientos de rechazo hacia su hijo dificultando así el vínculo con el bebé y su correcto desarrollo psicomotor los primeros meses de vida .

El tratamiento más adecuado es psicofarmacológico y psicológico. Por un lado, si el caso es moderado o grave, debe iniciar tratamiento con fármacos antidepresivos e iniciar terapia psicológica con el objetivo de mejorar la sintomatología y así lograr un mejor vínculo madre- bebé.

Se trata de un trastorno grave ya que afecta a la madre que lo sufre y la relación temprana con su hijo. Debido al estigma que existe para la significación de la maternidad en nuestra sociedad es importante concienciarnos de la existencia de este trastorno para así detectar precozmente y ayudar a las madres que lo sufren.

 Si estás buscando un centro de terapia psicológica en Barcelona para tratar este tema u otros relacionados, a Kairós encontrarás profesionales centrados en ti.

LA ANSIEDAD

¿Quién no ha sentido alguna vez la boca seca o las manos temblorosas? ¿Recuerdas la última vez que te dolía la tripa o la boca del estómago? ¿O que parecía que el corazón se te saldría del pecho, bombeando rápido y fuerte?

Todas estas reacciones del cuerpo son manifestaciones de nerviosismo y ansiedad, y su origen se remonta a los homínidos, de los cuales evolucionamos. Y es que estas reacciones preparan al cuerpo, al individuo, para una reacción inminente ante un peligro o amenaza. Nos predisponen para el ataque o la huida. Por ejemplo, la taquicardia provee de más sangre, y más rápidamente, al cuerpo, para un ejercicio físico intenso; o el dolor de barriga se debe a movimientos intestinales para evacuar su contenido, pesar menos, y ser más veloces.

Hoy en día el ser humano no se enfrenta  a estas situaciones, y resuelve sus conflictos, generalmente, mediante el diálogo y la relación, pero este resorte, este mecanismo, se activa igualmente al sentir amenazada nuestra integridad psicológica o emocional. Y podemos experimentarlo ante un peligro real o frente a nuestra creencia de que algo puede suceder, aunque no esté sucediendo.

Es bueno que exista, es bueno prepararse para la acción, estar atentos y listos… pero este mecanismo puede perder su utilidad, su funcionalidad, cuando se activa muy a menudo y/o muy intensamente, por ejemplo en una época de mucho estrés, crisis personal o dificultades con la pareja o la familia. Puede suceder entonces que este disparador se desregula, y aunque superemos, resolvamos o deje de existir el conflicto que lo activaba, siga activándose de forma automática, y vivamos con una sensación de intranquilidad, o miedo, de forma continua. Y para nada.

Hay varios cuadros clínicos que se deben a este desequilibrio, como la ansiedad generalizada o el estrés post traumático…

Es algo muy desagradable y desconcertante, estar nervioso sin saber porqué, o con una idea muy vaga, día tras días… Además de que podemos pensar negativamente de nosotros mismos, cómo si no pudiésemos resolver las cosas o no valiéramos, o nos hubiéramos quedado anclados en algo.

Si crees que te sucede algo similar, o que alguna sensación te acompaña desde hace demasiado tiempo y te genera malestar, en el centro de terapia psicológica Kairós podemos ayudarte.

Veremos qué sucede o sucedió, qué conflicto hay, y te acompañaremos en la búsqueda de la mejor solución para tu momento, y para que puedas seguir adelante con tu vida y tus proyectos.

LA TRISTEZA

Os quisiéramos hablar sobre una emoción poco deseada porque nos hace estar en un estado desagradable, desanimado pero que es igual de importante que el resto de ellas: la tristeza.

Todas las emociones, tanto las positivas como las negativas, tienen una función porque son indicadores. Indicadores para uno mismo y para los demás, pues tienen funciones adaptativas y sociales. La función adaptativa hace referencia a la preparación de nuestro organismo, o sea, reconocer que estamos de una manera para poder poner en marcha una conducta compensatoria que nos permita mantenerla o hacer algo al respeto. A la vez, la expresión emocional (social) permite comunicar al resto cómo estamos y qué nos hace falta. Los otros pueden detectar qué necesitamos, siempre y cuando no reprimamos la expresión emocional, permitiendo así encontrar el apoyo en nuestra red social.

Tal y como dice Jan Anguita, la diferencia de la tristeza con el resto de sensaciones negativas con las que convivimos es la incertidumbre de qué nos quiere indicar. Nos hace sufrir porque no sabemos qué es. Tener hambre no es agradable pero sabemos cómo superarlo, o bien, cuando estamos muy fatigados y tenemos sueño, sabemos que cuando cojamos la cama y podamos dormir, esta sensación tan negativa y desagradable erradicará. ¿Pero qué nos indica la tristeza? Según este autor, y nosotros lo compartimos, nos indica que nos falta amor.

Y ahora os preguntaréis, ¿cómo puede ser que que nos falte amor sea algo útil, adaptativo o que hagamos de aceptar? Imaginaros que se nos muere un ser querido o nos sentimos tristes porque hemos discutido con nuestro mejor amigo. Sin la emoción de la tristeza, pasaríamos por la vida sin que nada nos importara. Tal como dice el poeta y escritor Mario Benedetti, “nunca pensé que en la felicidad hubiera tanta tristeza”. La tristeza nos recoge a nosotros mismos, nos permite razonar con más claridad pudiendo así elaborar un duelo, reconociendo y aceptando que no hemos actuado bien y pedir perdón, así como entender que algo no nos hace suficiente bien y tomar decisiones como dejar a la pareja. La tristeza nos transporta a un estado analítico profundo y podemos pensar mejor, permitiendo en un futuro poder llegar a un estado de ánimo más positivo y feliz.

Por otro lado, aceptar no significa que tengamos que perpetuar-nos en este estado, sino entender por qué nos sentimos así y darle un nuevo significado a lo que podemos hacer. Detectar qué nos indica. La emoción tiene que ser funcional pero no patologizarla cronificándola. Es decir, permitirnos un tiempo de reflexión, de elaboración, de aceptación, de reencuentro con uno mismo de qué es lo que uno quiere, lo que no quiere y entender cómo prefiere uno vivir. Es en este punto donde la persona tiene que hacer cosas para suplir aquello que le falta: el amor. No buscándolo desesperadamente en el exterior ni en los demás, sino en uno mismo. Si nos falta amor, nosotros mismos podemos dárnoslo: cuidándonos y entendiendo la complejidad de estados por los cuales podemos pasar, sin caer en una desesperación o indefensión.

Desde Kairós, os podemos acompañar en este proceso individual de indagación de la propia emoción y enseñar técnicas para elaborar su significado para no quedarse atrapado en un malestar sin captar su funcionalidad.

“ME QUIERO PORQUE EXISTO”

La conciencia es constitutiva del ser humano, pero esta conciencia en las fases más iniciales de nuestra vida no es posible. El bebé cuando nace no es consciente del mundo donde está ni se reconoce a sí mismo para saber y pedir qué es lo que necesita. Es por eso que en estas fases tan tempranas es esencial la mirada del otro para nuestra supervivencia.

De la calidad de esa mirada “ajena” va a depender la mirada propia pues, al fin y al cabo, hemos sido constituidos por la mirada de los otros. La mirada de la madre y del padre te legitima, te reconoce, te quiere, te da permiso para ser… Esta estima “ajena” será la base de nuestro propio conocimiento y consciencia, y de ésa dependerá nuestra auto-estima.

Popularmente, la autoestima se sostiene por la valoración que nos hacemos de nosotros mismos. Y esta visión fragiliza el propio concepto. Intento explicarme mejor. Una valoración está en función de los valores que das y los valores son variables. Esto sitúa tu autoestima (tu propia estima) en un sitio peligroso, pues variará según estos valores-criterio cambien. Imaginémonos que lo que más valoramos de nosotros mismos es la capacidad de persistencia ante las adversidades. ¿Qué ocurrirá con nuestro propio amor el día que estemos fatigados, aburridos o cansados y no podamos persistir en una tarea? ¿Vas a quererte menos? ¿O qué ocurrirá en el caso que nuestra estima se base en la valoración de los otros? ¿No cumplo sus expectativas; creo no ser tan inteligente como la otra persona? Si el amor a nosotros mismos se basa en valoraciones, nos estamos vendiendo a las leyes del mercado. Nuestro reconocimiento no debe basarse en nuestros méritos, logros, en eso que podemos hacer porque nos distancia de nuestro SER. La autoestima, tal y como dice su nombre debe basarse en la estima: el amor y si es estima tiene que ser estable. Así pues, podríamos traducir autoestima como “autoamor”.

Desde esta nueva visión, la del amor, nuestra propia estima está siempre con nosotros, permaneciendo pese las circunstancias, cualidades y defectos. La autoestima está relacionada con dos conceptos: la autoimagen (concepto que se tiene de sí mismo) y autoaceptación (reconocimiento de las cualidades y defectos). Nos aceptamos sin condiciones, igual que si amamos a alguien.  Así, tener una autoestima implica querernos bien, tener cuidado de nosotros mismos; comprendernos para aprender de nuestros errores; poder ser auténticos por el hecho de ser y existir; podemos reconocer lo que hay y ser humildes.

Como una madre diría a su hijo, lo mismo tenemos que decirnos a nosotros mismos: “me quiero, porque existo” –sin añadir más condiciones.

EL DOLOR ES INEVITABLE, PERO EL SUFRIMIENTO ES OPCIONAL

¿Quién no ha padecido dolor en algún momento de su vida? Seguramente todos podemos levantar la mano a esa pregunta y todos podemos explicar de alguna manera qué es en sí el dolor. Haber recibido un golpe, haber tenido fracturas de hueso, dolor muscular, dolor de cabeza intenso e incluso, sentir dolor profundo con la pérdida de algún ser querido. El dolor, en la mayor parte de los casos es determinado y abarca un periodo momentáneo de nuestras vidas. ¿Pero qué ocurre con ese dolor que perdura más de lo habitual o ya no hay pruebas médicas que demuestren el origen de ese dolor?

El síndrome llamado “dolor crónico” afecta al 20% de la población en la Unión Europea y sin embargo, la detección de éste es muy tardía. Se calcula que la persona que lo padece tarda más de dos años en acudir a un especialista y cuando éste acude los servicios sanitarios, tardan una media de 9 meses en diagnosticarlo; en el caso de España, unos cuatro meses más.

No estamos mentalmente preparados para recibir la noticia que nuestro dolor estará siempre con nosotros, que no tiene curación y que a partir de ahora vas a acarrearlo contigo allí donde vayas. Ese dolor que ha venido limitando tus actividades de la vida diaria (caminar, vestirte, ducharte, dormir, trabajar, etc.), que ha afectado tu estado de ánimo (irritabilidad, ánimo depresivo, desesperación, ansiedad, etc.) y que ha sobrepasado tu área individual afectando a tu entorno más inmediato: pareja, familia y amigos. No encontrarse bien propicia el aislamiento y la incomprensión del dolor y el alto nivel de malestar, una transformación de tu forma de ser y autoimagen. Una nueva persona centrada únicamente en su dolor y sufrimiento. Todo gira alrededor de eso bajo la creencia que no hay nada que hacer porque no hay curación. Y es cierto. No hay curación para ese dolor, pero ¿qué ocurre con nuestro sufrimiento?

Es importante poder distinguir, aunque difícil en momentos de tanta abrumación, el dolor del sufrimiento. El dolor es fisiológico (el cuerpo manda e indica que hay molestias) y, en cambio, el sufrimiento es la valoración psicológica de ese malestar, una emoción subjetiva. Ambos son desequilibrantes en nuestro bienestar, pero así como ante el dolor puede haber más o menos éxito en calmarlo, el sufrimiento sí está en nuestras manos. ¿Qué factores inciden a incrementar nuestro sufrimiento?, ¿qué nos permite estar mejor?, ¿cómo puedo canalizarlo para poder relativizar?, ¿qué actitud tomamos ante nuestra nueva situación? El sufrimiento psicológico y emocional es gestionable. Podemos hacer cosas para controlarlo y mejorar nuestra calidad de vida. No es un camino fácil, pero sabemos que es posible.

Si padecéis dolor crónico, desde el centro de terapia Kairós podemos ayudaros a diferenciar estos dos conceptos que están tan estrechamente relacionados e integrarlos de manera que os facilite vuestro día a día. Os queremos acompañar en este camino.